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Conciencia Pastoral: El llanto que clama y la fe que no calla

Para la Iglesia de Cristo en todas las naciones

Queridos hermanos y hermanas en la fe:
La noticia nos ha conmovido profundamente: el reverendo Ezekiel Dachomo, quien hace apenas unos días alzó su voz ante el mundo para denunciar la persecución que asola a los cristianos en Nigeria, ha vuelto a vestir luto. Tras regresar de exponer la realidad del sufrimiento en el cinturón central de su país, recibió en su propia comunidad los cuerpos de tres hermanos asesinados: Ishaya Pam Dung, Barnabas Gyang Jack y Manasseh Luka Mushwer, sumándose a la tragedia que golpeó su hogar el pasado mes de julio, cuando nueve de sus familiares —entre ellos un bebé— fueron masacrados.

No es un suceso lejano: es nuestro propio cuerpo lo que sufre

Lo que acontece en el estado de Plateau no es un conflicto ajeno ni una noticia más para apartar. Es la Iglesia de Cristo sufriendo. Es el mismo Espíritu que se conmueve en cada golpe asestado a los que confiesan el nombre de Jesús. Como escribió el apóstol Pablo: «Si un miembro sufre, todos sufren con él; y si un miembro es honrado, todos se gozan con él» (1 Corintios 12:26).
Dachomo lo ha dicho con palabras que deben resonar en cada altar:
«¿Es mi crimen defender a las viudas? ¿Es mi crimen llorar por los huérfanos? ¿Es mi crimen predicar el Evangelio y no callar mientras matan a inocentes?»
Su pecado no es otro que amar y proclamar la verdad. Y por eso se le persigue. Es la misma historia de los profetas, de los apóstoles y de tantos mártires que nos han precedido.

Tres llamados a la conciencia de la Iglesia universal

1. Orar sin cesar, con el corazón presente

No se trata de una oración de rutina, sino de intercesión cargada de compasión. Oremos por el pueblo de Dios en Nigeria: por los que lloran, por los que han quedado sin hogar, por los que viven con amenazas de muerte, y de manera especial por el hermano Ezekiel y su familia, para que el Señor lo sostenga con su fuerza y le dé «palabras adecuadas en el momento justo» (Isaías 50:4). Oremos también por los que cometen estos actos: que la luz de Cristo transforme sus corazones, pues el Señor nos manda a «orar por los que os persiguen» (Mateo 5:44).

2. No callar: la fe exige testimonio

El silencio ante la injusticia se convierte en complicidad. La Iglesia de Cristo en el mundo debe alzar la voz, con respeto pero sin temor, ante las autoridades y la opinión pública. Recordemos la palabra: «Delante de los ancianos te levantarás, y honrarás la presencia de Dios; yo soy Jehová» (Levítico 19:32), y también: «Defended al débil y al huérfano; haced justicia al afligido y al menesteroso» (Salmo 82:3). No podemos permanecer indiferentes cuando hermanos nuestros son atacados por su fe.

3. Solidaridad concreta: ser la mano de Cristo

La fe sin obras está muerta. Apoyemos con recursos, con acompañamiento espiritual, con difusión y con gestos fraternos a las comunidades que han perdido todo. Que las viudas, los huérfanos y los desplazados sientan que no están solos: la Iglesia universal es su familia.

La promesa que nos sostiene

Las tinieblas no pueden apagar la luz. El Señor dijo: «Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mateo 5:10). La sangre de los fieles caídos no se derrama en vano; es semilla de fe que dará fruto. Cristo mismo, que fue llevado como cordero a la matanza, conoce cada lágrima y recoge cada una en su vaso. Él mantiene el control de la historia y su victoria es eterna.
Por tanto, hermanos, manteneos firmes e inquebrantables, abundando siempre en la obra del Señor, sabiendo que vuestro trabajo no es en vano en el Señor (1 Corintios 15:58).
Que la gracia de nuestro Dios, el consuelo del Espíritu Santo y la esperanza viva que está en Cristo Jesús estén con la Iglesia en Nigeria y con todos los que hoy comparten su copa de sufrimiento.
En el nombre de Jesús, amén.

Publicado en VOZ EVANGÉLICA — 17 de octubre de 2026

 

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